La noche que el Bocha Sokol fue colectivero

Crónica de una insólita y deliciosa anécdota de Ale en Traslasierra, contada por la hábil pluma de un amigo-periodista del músico. Una historia que pinta de cuerpo entero a Alejandro y su libre forma de vivir.   
Cultura05 de agosto de 2026 Planeta Hurlingham

bocha

El texto que se reproduce en forma íntegra a continuación fue escrito por Jorge Kasparian, un periodista de Córdoba y gran amigo de Alejandro Sokol. Es autor de tres libros: “La biblia spinetteana”, “Luisito” y “333”, donde pone el foco en las figuras de Luis Alberto Spinetta y Alejandro Sokol.

tattoo p adentro

La crónica que continúa fue escrita por Kasparian en homenaje al Bocha unos meses antes de que se cumplieran 12 años de su partida. El texto cuenta una anécdota increíble de Alejandro y pinta de cuerpo entero su personalidad y su forma espontánea de andar por los caminos de la vida. 

UNOS DÍAS A LA SOMBRA

“Ese lunes llegué cerca del mediodía a Traslasierra y fui directamente a Las Rabonas, estacioné medio auto sobre la vereda, me bajé, toqué la puerta y apareció con cara de pocos amigos, amigas en este caso, Lila, que después de un “Hola” corto y seco me preguntó: “¿lo buscas a tu amigo? Esta acá al lado…”, tomó aire y siguió: “…pero no en la casa del vecino, está al lado, pero de este lado…” y señalaba con el dedo índice.

De “este lado”, estaba la comisaría. Lila era la esposa de Alejandro Sokol, y ya vivían en Las Rabonas y de un lado había una casa como cualquier casa de vecino, pero del otro estaba la comisaria del pueblo, que estaba separada por un alambrado de no más de un metro de alto, que decía “mírame y no me toques” y si uno de los Sokol abría una ventana de la casa, veía la medianera del reducto donde mora la ley.

Me fui a la comisaría. Estaban un agente y el comisario. Pregunté por Alejandro, le dije que venía desde Córdoba y me hicieron pasar hacia otro ambiente donde estaba el detenido. La puerta del calabozo estaba abierta, no pasaba nada de nada en Las Rabonas, menos un lunes, menos aun con el sol bien arriba y pidiéndole permiso a la siesta.

“Alejandro, tenés visitas”, gritó el comisario, como si estuviera frente a quinientos presos y en un salón del tamaño de la Cúpula Verde de Fecor.

Alejandro se asomó, se sonrió y me dijo: “Qué haces ángel de la guarda”.

El comisario miró sorprendido y dijo: “Angel de la guarda? Mirá que le he escuchado decir cosas a éste, pero ángel de la guarda…. Mierda che, o sos un loco o un marciano”. Y se alejó frunciendo la boca, asintiendo con la cabeza y en paralelo se acomodaba el cinturón del uniforme. Por la tonada, parecía familiar de Doña Jovita.

Alejandro me dio un abrazo y me dijo: “¿Qué te trae por aquí?
Lo miré y le dije: “Ni vos sos Doña Florinda, ni yo el Profesor Jirafales. ¿Me podés explicar que haces acá?”

El tipo me miraba como lo hacía siempre, al borde de la carcajada, esperando mi reacción, yo me mantuve imperturbable. “¿Me podes decir qué haces en la comisaria?”

“No te calentés Jorgito!!! Te cuento: me invitaron el domingo a tocar en un bar en Mina Clavero, se puso hasta las manos de gente, canté un montón, hice temas de…”.

Lo interrumpí: “…ya sé lo que hiciste, Marley, Bowie, Floyd…”
“Sí y no sabes cómo me salen los de Las Pelotas!!!…”, ahí largó una carcajada, me dio un abrazo y me agarró los cachetes.

“Terminé de tocar y me quedé tomando cerveza con los pibes, había mucha gente, se sacaban fotos conmigo y me pedían autógrafos y viste que yo estoy con todos; se pasó rápido la noche y la cuestión es que, cuando me di cuenta, eran más de las cinco de la mañana; me quería volver a mi casa, reviso los bolsillos y me había quedado sin un mango, así que encaré para la terminal a ver si encontraba algún conocido”.

Yo lo seguía con la vista, me estaba diciendo la verdad.

“La cosa es que no encontré a nadie, había muy poca gente en la terminal a esa hora, entonces me acerqué a uno de los colectivos, los chiquitos, viste?, los mini buses. Estaba en marcha y con la puerta abierta, me asomé y no vi al chofer, así que me subí a buscarlo; miré, caminé un par de pasos y no lo encontré, me senté el primer asiento a esperarlo; no sé el tiempo que paso y no venía, yo me quería volver a mi casa, así que me senté en el asiento del conductor, le saqué el freno de mano y me vine a mi casa en el colectivo”.
Yo no salía de mi asombro.

“Vine bien, acordate que hay como 15 kilómetros de Mina (Clavero) a Las Rabonas, no iba a llegar más a pata. Lo que si te digo es que en el camino no me hizo señas nadie, sino los cargaba y los alcanzaba”.

Yo no podía creer lo que estaba escuchando. “¿Vos me tas hablando en serio?  Porque te quedaste seco y estabas cansado, ¿te choreaste un colectivo?”

Me miró, se cagó de risa y me agarró los cachetes de nuevo. “Bueno, pero quédate tranquilo que lo dejé estacionado en la puerta de mi casa y con las llaves puestas…”.

Estaba hacia un par de días en la comisaría, en el calabozo, con la puerta abierta. El comisario cuando lo fue a buscar le dijo que iba a estar algunos días ahí y que se trajera su almohada y una colcha porque de noche refresca en la zona y de paso se llevó la guitarra criolla.

En un momento apareció el comisario con un paquete y una botella de Coca, acercó un par de sillas y nos invitó unas empanadas fritas; almorzamos los tres dentro del calabozo; el tipo tenía ganas de hablar y me contó algunas historias de malandras de la zona.

Al rato me paré para despedirme, tenía que hacer unos trámites rápidos y volverme a Córdoba

El comisario me palmeó la espalda y Alejandro, con la sonrisa de Alejandro, me dijo: “Jorgito, hacé de cuenta que sólo cambié de habitación, es como en los shows, en tres días me vuelvo a mi casa; te acordás de los hoteles en donde dormíamos al principio con Las Pelotas, esto parece el Mandalay Bay de Las Vegas, si hasta tengo mi almohada y la guitarra”.

Hace once años y medio, a mi amigo Alejandro Sokol le dejo de funcionar el corazón, subiendo a un colectivo en Río Cuarto.

“Si estás en la tierra sé feliz, si estás en el cielo: Mo ve te…”.

FUENTE: No te peines y Revista Sudestada

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