El rock del barrio, entre pergaminos, canciones perfectas y ¿materias pendientes?

Dando vueltas por una plataforma musical, llega a mis oídos una canción de los “Cabeza de Chola”. ¿La última gran banda de la ciudad? La pregunta surge por su resistencia al tiempo, por no flaquear en ritmos adversos y por evolucionar con el tiempo y no dormirse en los laureles. Nada de reggae calesita ni de religiones insostenibles, acá -con Los Cholas- había música de la ciudad.
LA HERENCIA DEL FUEGO SAGRADO
El sonido contemporáneo lo marcaron ellos, sin dudas, amigos; fueron los herederos naturales del fuego sagrado del rock local, donde la historia cuenta que un rayo romano llamado Luca Prodan cambiaría con su llegada la vida de muchos de nosotros y escribiría una de las páginas más interesantes del rock argento.
Con pocos discos en su haber, “Cabeza de Chola” dejó grandes canciones y un disco grabado en las sierras cordobeses con la mitad de los Sumo en varias canciones; entre ellas, las versiones de Tres ríos con Tito Fargo y Daffunchio y El mundo del remís, con Ale Sokol en voz. El trabajo en las sierras se convirtió en uno de los mejores discos de la historia del reggae sudamericano.
Sin ganas de exagerar, es uno de esos discos que se van a descubrir el siglo que viene y lo tomarán como estandarte de la nueva ola de la música jamaiquina.

LA POESÍA HECHA CANCIÓN
Sigo buceando en YouTube y me encuentro con El Ahujero, la poesía hecha canción; rock chabón de los noventa, aires de esquina, amigos y cerveza, vagancia en estado puro pero con una vuelta de tuerca increíble. Su cantante, Pedro Avendaño Segundo, hacia un mix entre Goyeneche y Jim Morrison, psicodelia y rock con una orquesta antagonista de fisuras y grandes músicos, donde el condimento principal era la mística, el mito y la posibilidad de jugaran en primera en cualquier momento.
Los amigos del barrio llenando y explotando lugares a fuerza de canciones únicas, poesía arrabalera y el desamor que marcaría con una cruz el futuro de la banda, devorada por sus propios demonios y dejando una historia sin final o con final abierto.
La banda cuenta tantas historias que es imprescindible refugiarse en esas canciones únicas como las que escribía su cantante. Sin vueltas: un fenómeno único el Ahujero, un fenómeno raro como encendido que merecería jugar en las grandes ligas. Tienen o tenían con que hacerlo.

LA HISTORIA DE LOS NIÑOS DE DIOS
Antes de este furor que se vive hoy con las bandas tributo a toda gloria pasada (desde Sumo hasta la que te imagines) existió una banda llamada “Los Niños de Dios”, que rendía tributo a los Sumo y lo hacían desde el lugar de fanáticos seguidores de la banda, y que luego de la partida de Luca quedarían huérfanos de esa música.
Este tributo les alcanzó para llenar “Cemento” ellos solos, hacerse de fervientes seguidores y grabar discos con temas propios a la altura del mito. Es que, a fuerza de ensayos y shows incendiarios, amor por esa historia y mucha técnica musical, lograban hacer sonar a Sumo en su relectura de esas canciones gloriosas que dejaron a la ciudad de Hurlingham como un epicentro del rock hecho en estas pampas. Y fue tan cierta esa historia de los Niños de Dios que sus integrantes siguen haciendo música hasta el día de hoy.
EL DESENFADO PUNK
Y si buscamos un género que describa el rock hecho en la mejor ciudad del mundo (Hurlingham, por supuesto) debemos hablar del post punk británico y el reggae blanco también de ese lado de Europa (aunque nos pese).
Bandas como “Carasius” denostaban el rock chabón o más bien tildado de simplón de los 90' hecho en Bs. As. y sucumbían ante una atmósfera más densa de ahogamiento dark y desenfado punk.
Herederos casuales de los platenses Peligrosos Gorriones, con un rock más refinado con letras entre Spinetta y Don Cornelio, se movían en atmósferas más densas y oscuras donde brillaría un rock con mayor búsqueda musical y vital, y no tanta esquina de barras y amigos.
ARTE VANGUARDISTA
Entre esa corriente post punk opresivo y suburbano estaban los “CayaCanaya”, uno de los secretos a voces de la música de Hurlingham, comandados por el gran Gabriel Dahbar, un poeta increíble, entre Oscar Wilde y Fricción.
Su poesía contaba cómo era vivir en una Argentina en estado de hiperinflación, siempre; pero lejos de deprimirse, siempre su arte fue de vanguardia. Sus canciones iban más allá. Desde sus comienzos con Angus Dei para luego mutar en La legión Extranjera y finalmente ser CayaCanaya, una de las mejores bandas de la historia, que al igual que muchas agrupaciones locales sigue dando pelea hasta el día de hoy y si te descuidás te rompe la mandíbula.
Extraña mezcla de su cantante, tan capaz y talentoso como un Hyde devenido en Dr. Jekill. Así podríamos nombrar un tercio de las bandas de música rock que caminaron, caminan y caminaran este cielo bilingue llamado Hurlingham.

LA PREGUNTA DEL MILLÓN
No contamos solistas, folkloristas, reggeros y músicos urbanos ni Djs, pero la pregunta es: ¿podrá el rock de la ciudad y sus músicos -que los hay y muy buenos- revalidar sus títulos?
Algo muy difícil por más fácil que parezca. Porque para sonar como la banda de German Daffunchio tenés que tener corazón y alma a prueba de balas y para sonar como Mollo y Arnedo tenés que ser un maestro. Y para ser original tenés que sentir lo que hacés, como en todos los ámbitos de la vida, pero en la música eso va mucho más allá. No es solo tocar un instrumento, si no lo harían todos; bueno, de hecho, lo hacen todos y así estamos, todo suena igual a todo el mainstream.
EL JUICIO INAPELABLE DEL TIEMPO
Es una fórmula que se aplica a la música, y a esos músicos les explotan las cuentas bancarias, llenan estadios y después la nada misma. ¿Por qué? Porque la música ya es nada. Un algoritmo tristemente te dirige desde Spotify o alguna otra plataforma o red social y te arma la playlist y te dice qué escuchar y te hace creer que los Paco&Catriel son los nuevos Led Zeppelin y en realidad son apenas un producto más, como gaseosa cola de renombre que sabés que te hace mal pero igual la consumís.
El futuro tendrá otra música o tal vez no; pero si de algo estamos seguros es que siempre volvemos a lo analógico. ¡Lo viejo funciona, John! Ya volvieron los vinilos. ¿Cuánto falta para que vuelvan los casetes?
Y la música se reinventará pero seguro agregando melodía, ritmo y armonía, algo que hoy por hoy no se usa y por eso nos venden las Marías Becerras y las Rosalías, que hacen canciones para sordos pero las masas siguen creyendo que eso es lo que está bien.
De todas formas, el mejor crítico de música es el tiempo. Quizá en 40 años nos demos cuenta de que Tini o la Joaqui eran los nuevos Rolling Stones y que lo viejo finalmente no funcionaba. Sería, sin dudas, algo muy decepcionante, chato y banal.
Amigas y amigos, de estos polvos, viejos lodos.




















