Viaje nostálgico a los boliches que marcaron la noche de Hurlingham
Desde las boites whiskerías de los 60 y 70 hasta los boliches de los 80 y las mega-discos de los 90, un recorrido por las pistas de baile que definieron la identidad y los recuerdos de varias generaciones de vecinos. El TOP 5 de esos templos del baile.

El paisaje nocturno de Hurlingham fue mutando por completo con el paso de los años, pero el recuerdo de aquellas pistas de baile sigue intacto en la memoria colectiva de los vecinos. Desde las boites y whiskerías con vinilos de los años 70, pasando por la explosión del pop en los 80, hasta las mega-discotecas de los 90, la ciudad supo consolidar un circuito propio que competía mano a mano con los grandes polos del entretenimiento nocturnos de la zona oeste del Gran Buenos Aires.
Para las jóvenes generaciones, las esquinas céntricas o las avenidas principales son solo comercios, bancos o edificios residenciales. Sin embargo, para quienes promedian los cuarenta, cincuenta o sesenta años, esas mismas coordenadas geográficas representan el escenario donde sonaron los primeros lentos, donde se lucieron los buzos de egresados y donde se forjó a puro baile la identidad cultural de Hurlingham.
A continuación, cinco templos nocturnos que, cada uno en su época, se convirtieron en el punto de encuentro obligatorio de fines de semana y dejaron una huella imborrable en los que peinan canas.
SOMOS
Nació a fines de la década de 1960 bajo el nombre de Che, ubicado en una clásica esquina de la Avenida Roca. A mediados de los 70, para evitar suspicacias políticas con el gobierno militar de la época, sus dueños decidieron rebautizarlo como Somos. Con sus paredes curvas y sus letras icónicas en la fachada, el lugar arrastró multitudes durante más de dos décadas, convirtiéndose en el boliche más longevo y tradicional para varias generaciones, aunque no era el preferido de la mayoría de los hurlinguenses.
EXCLUSIVE
Si hubo un lugar que definió el sonido y la estética de los años 80 en Hurlingham, fue este boliche, ubicado sobre Avenida Roca, a metros de la estación ferroviaria Rubén Darío. Con la obligatoria musicalización en vinilos, se transformó en el refugio definitivo del pop y el new wave y los infaltables bloques de música lenta. Su pista explotaba cada fin de semana, muchos colegios de la zona organizaban fiestas para recaudar fondo para el viaje de egresados y en la actualidad representa un sinónimo perfecto de la mística ochentera.
CHOCOLATE
Fue el gigante indiscutido de la década de 1990 y representó el auge de las mega-discotecas en el distrito. Recordado por emplear a decenas de jóvenes como tarjeteros en su época dorada, Chocolate se convirtió en el emblema de la noche noventera en Hurlingham. Su mítica fachada de ladrillos a la vista vio pasar a miles de adolescentes sobre la zona céntrica de Avenida Roca, rodeada de cafés y pubs ligados a la movida del rock.
KOBUKI
Uno de los pioneros absolutos a finales de los años 60. Su aparición rompió con la vieja tradición local de los bailes familiares en las instalaciones de los clubes de barrio. Está decorado con motivos africanos, y su nombre remitía a una zona de África, donde su dueño, Jorge, había hecho un safari. Al introducir el concepto moderno de whiskería y boite, este espacio sofisticado e íntimo sentó las bases de lo que años más tarde se conocería formalmente como el circuito de discotecas de Hurlingham.
OSIRIS
Más alejado de la zona Centro de Hurlingham, junto a los talleres ferroviarios del Urquiza, se destacó por una fuerte propuesta musical y una convocatoria impecable. Aunque el paso del tiempo y la falta de registros digitales dejaron sus historias resguardadas casi exclusivamente en el formato de papel o en anécdotas orales.
En Hurlingham también se bailó en las discos Noi, Shot Gun (en el club Defensores), Pack Man y Bagón Uno, entre otros, y en clubes como El Retiro, Hurling y Curupa.

