Actividades de domingo

El autor reflexiona sobre la nostalgia y esa tentación de caer en oscuras ceremonias mentales. La nostalgia dominguera, sostiene, actúa como abogado de la propia ruina. Y hasta aquello que fue destructivo puede volverse bello.  
Sociedad23 de mayo de 2026 José Luis Colombini
gerardo-relojes-antiguos

Los domingos tienen algo de cementerio elegante. La ciudad baja la persiana moral, las persianas de los negocios tiemblan a medio cerrar y uno queda solo con aquello que durante la semana logra distraer. Por eso hay gente que sale a correr, otros van a misa, otros se intoxican de fútbol y asado. Cada cual inventa una anestesia para no escucharse demasiado.

Pero existen sujetos —raros, peligrosos, melancólicos— que usan el domingo para tareas menos saludables. Por ejemplo: dejarse devorar por la nostalgia.

No hablo de recordar una canción vieja o mirar una foto. Hablo de entregarse por completo. De sentarse frente a una ventana como un veterano derrotado y empezar a invocar fantasmas. Viejos amores. Amigos que ya no llaman. Versiones nuestras que murieron hace años pero siguen caminando dentro de nosotros como perros abandonados.

La nostalgia es una droga elegante porque no hace escándalo. No rompe muebles ni grita en la calle. Simplemente te convence de que el pasado tenía una música que el presente jamás podrá igualar. Y entonces uno empieza a romantizar hasta las peores épocas. Las miserias se vuelven poesía. El dolor adquiere una iluminación cinematográfica. Como si la memoria tuviera un director de fotografía empeñado en volver bello incluso aquello que nos destruyó.

Ahí aparece la otra actividad dominical: defender aquello que te destruye. Es una pulsión extraña del ser humano. Defender personas que nos rompieron el alma. Justificar vínculos que nos drenaron la vida. Sostener ideas que nos dejaron solos. Como si aceptar el daño fuese también aceptar que perdimos tiempo, fe y partes de nosotros mismos.

Entonces inventamos relatos. “En el fondo no era mala persona.” “Capaz yo exageré.” “Había momentos lindos.” “Tal vez nadie me va a entender así otra vez.”  Y uno termina convirtiéndose en abogado de su propia ruina.

Bukowski decía que el ser humano necesita aferrarse a algo, aunque eso lo esté matando. Y quizá tenía razón. Porque hay personas que prefieren una tristeza conocida antes que una libertad incierta. El dolor familiar resulta más cómodo que el vacío nuevo.

El domingo favorece todo eso. Tiene algo de tribunal íntimo. No hay ruido suficiente para escapar. Por eso algunos miran el celular esperando mensajes que no llegan. Otros vuelven a escuchar audios viejos. Algunos recorren perfiles ajenos como arqueólogos sentimentales buscando restos de una vida que ya terminó. Y sin embargo, en toda esa decadencia, existe cierta belleza. Porque dejarse devorar por la nostalgia también es prueba de que algo nos importó de verdad. Y defender aquello que nos destruyó revela, aunque sea trágicamente, una capacidad casi absurda de amar.

El problema aparece cuando hacemos de eso una religión. Porque recordar no debería ser vivir hacia atrás. Y amar tampoco debería significar inmolarse.

Pero los domingos, los domingos siempre empujan un poco hacia esas ceremonias oscuras.
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